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A
35 años de una
epopeya
argentina
por
Mariano Rovatti
Esta
historia se origina dentro del mundo del automovilismo deportivo, pero sus
dimensiones exceden ese ámbito. Intentaré en esta nota recordar el hecho y
relacionarlo con nuestra historia, nuestra cultura y nuestra realidad política,
económica y social.
Corría
1969, el año del cordobazo,
del desmoronamiento del plan de Krieger Vasena, y con ellos, del régimen
de Juan Carlos Onganía. También fue el año en el hombre
puso un pie en la Luna.
Nürburgring
era un endiablado circuito rutero ubicado en medio de la selva renana. Había
sido escenario de hazañas inolvidables de Juan Manuel Fangio,
y años después lo sería del accidente que por poco no se llevó la vida de
Niki Lauda.
La
ocasión era una carrera única en su tipo, la Maratón
de la Ruta, una prueba de 84
horas de duración que tradicionalmente convocaba a pilotos de todo el mundo,
a razón de tres por auto: mientras uno manejaba, los otros dos descansaban.
Al
laberinto alemán iban las marcas más reconocidas del mundo: Fiat, BMW, Alfa
Romeo, Lancia, Mercedes Benz, Renault, Toyota, Ford, Triumph, Volvo, Porsche,
Opel…
Para
esa oportunidad, el Chueco Fangio
lideró un equipo, con Oreste Berta como responsable técnico
y los siguientes pilotos, la mayoría surgidos de nuestro Turismo Carretera: Luis
Di Palma, Carmelo Galbato,
y Cacho Fangio en
un auto, Gastón Perkins, Jorge Cupeiro, y Eduardo Rodríguez Canedo,
en otro, y Eduardo Copello, Alberto Rodríguez Larreta (“Larry”)
y Oscar Mauricio Franco en otro, con Néstor Jesús García
Veiga como suplente.
El
automóvil elegido para la Misión
Argentina fue el Torino,
producto cien por ciento argentino,
diseñado y fabricado en Santa Isabel, Córdoba, por la IKA-Renault.
Desde
el comienzo, el equipo argentino llamó la atención: su jefe, el mítico quíntuple
campeón mundial, abría las puertas con su carisma y su prestigio. El Torino
era raro a los ojos europeos, más
grande y más pesado que sus competidores. En el sorteo previo, a los Toros
les tocaron los números 1, 2 y 3, los que los hacía partir de una posición
de privilegio, muy relativa teniendo en cuenta la extensa duración de la
carrera.
Las
primeras horas de carrera tuvieron a los Torino nos. 2 y 3 liderando la
prueba, ante la mirada estupefacta de los europeos, que probablemente se
preguntaran ¿de dónde salieron estos
tipos…? El liderazgo del auto criollo se extendió a más de 50 horas de
las 84 que tuvo la competencia, siendo saludado durante algunos momentos con
grabaciones de Julio Sosa propaladas por los altoparlantes del circuito.
Larry,
con el auto nº 3,
estableció el record de vuelta, con un registro de 13’ 8”. Hasta el
despiste y abandono del auto nº 2, mientras lo manejaba el pulcro Jorge
Cupeiro, los Torino peleaban la punta entre sí –a pesar de la
prudencia pedida por Fangio- siendo amenazados por un Lancia y un BMW. Todo
eso bajo una lluvia y una niebla que hacían todo más difícil.
El
auto nº 1 se fue retrasando, para abandonar luego de una recuperación que lo
había llevado al 7º lugar. El auto nº 3, que había sido reparado rápidamente
tras sufrir un choque en los entrenamientos, sufrió una serie de penalidades
que lo hicieron retrasar en la clasificación. .
La
competencia tenía un reglamento particular, que imponía sanciones por
hechos irrelevantes. Así, los Torino empezaron a ser objeto de
interpretaciones reglamentarias poco amigables por parte de las autoridades.
Había que poner en su sitio a esos
blancos adefesios sudamericanos que le estaban aguando la fiesta a la
distinguida élite del automovilismo mundial…
Como
contrapartida, nuestro equipo aplicó la famosa viveza
criolla. En una ocasión, Larry había
detenido su marcha al costado del camino, fuera de la zona de boxes. Por
reglamento, él mismo debía solucionar el problema, sin recibir asistencia
alguna de sus mecánicos. Ni siquiera podían acercarse a darle instrucciones.
En ese menester se hallaba el piloto argentino, cuando se acercan –muro
mediante- Fangio, Berta y un grupo de colaboradores. Ante la germánica mirada
de un oficial, el Chueco de
Balcarce –hombre de campo al fin- echó mano a sus dotes de payador, y le
dio las instrucciones necesarias a Larry
para seguir. Claro que –para no ser sancionado- lo hizo cantando: con la
melodía de La Cumparsita, pero
reemplazando la letra por el puñado de indicaciones que requería el
conductor. Como el oficial no entendía el castellano, tuvo que suponer que a
Fangio se le dio por cantar un tango, nomás…
El
equipo argentino funcionó con liderazgo,
organización, eficacia y solidaridad. Prueba de ello, fue que Carmelo
Galbato le dejó su lugar a Gastón Perkins, tras el abandono del auto nº 2,
porque el Flaco venía mucho más rápido
y mientras le tocó manejar, lideró la prueba.
Finalmente,
el sábado 23 de agosto de 1969, el vencedor resultó un Lancia, (322 vueltas)
conducido por el trío Kallstrom-Barbasio-Fail, segundos, un BMW (319),
conducidos por los dueños de casa, tercero, un Triumph (315), y cuarto, el
Torino nº 3, que fue el auto que dio la mayor cantidad de vueltas reales
-334- al circuito de Nürburgring Las
penalidades recibidas lo privaron de la victoria, pues se le computaron sólo
315 vueltas.
Los
argentinos fueron recibidos como héroes en Ezeiza días más tarde, por una
multitud que los acompaño en caravana por la Autopista Ricchieri.
El
hecho hoy nos hace ver aspectos positivos y negativos de nuestra forma de ser
como Nación, y nos enseña mucho.
Por
un lado, llama la atención cómo se ha ignorado el episodio en los medios, y
aún dentro del propio ámbito automovilístico. Quizás no sea casualidad que
se intente sepultar en el olvido una
oportunidad en donde un puñado de argentinos, con un producto de la industria
nacional estuvo a la altura de los mejores del mundo.
También
es sugestivo que en ese episodio, el establishment
automotriz no permitiera que un exponente del mundo subdesarrollado
los sometiera, y menos aún en su propia casa. Para ello apelaron –más
allá de las armas legítimas- a interpretaciones tendenciosas de sus
reglamentos.
El
hecho también nos expone nuestras posibilidades y recursos. Frente a los
poderosos del mundo, nuestro equipo
–en su primera incursión- los enfrentó sin complejos, con talento, audacia
y resultados positivos.
La
Misión Argentina
fue una demostración de la Argentina
triunfante y orgullosa, imagen que a veces parece que no se quiere mostrar
demasiado. A ver si nos creemos que
podemos ser exitosos…
El
mensaje cultural de los últimos tiempos es que somos un
país de m…., en donde sólo es posible fracasar. Mostrar imágenes de
un país ganador parece contraproducente.
Pero
también conviene reflexionar en otras cuestiones. Nunca
más, salvo en 1977 (Juan Pablo Zampa y Eugenio Breard, campeones europeos
de Turismo Grupo 2, además de la campaña de Carlos Reutemann y otros en Fórmula
1 y Fórmula 2), la Argentina repitió
una experiencia similar. Por desorganización, problemas institucionales
graves y enfrentamientos internos, el automovilismo nacional interno entró en
decadencia en la década siguiente. La
falta de continuidad fue una constante que evitó nuevos intentos.
Nurburgring
fue una epopeya que merece recordarse y tener presente para ser mejor Nación,
sintiendo un legítimo orgullo de
nuestros logros y aprendiendo inteligentemente de las derrotas.
Dicen
que una característica de los triunfadores
es admitir con serenidad de antemano, que existe
la posibilidad de perder. Mientras que los perdedores sueñan con mágicas
victorias hasta que la realidad los despierta abruptamente, echando
a partir de allí la culpa de su fracaso a los otros.
La
Argentina del último medio siglo ha vivido en medio de derrotas, matizando
cada tanto con logros puntuales, esporádicos y sectoriales.
Quizás
como Nación, necesitemos de un líder carismático y prestigioso como Juan
Manuel Fangio, de un puñado de técnicos eficientes y talentosos como Oreste
Berta, y de trabajadores y profesionales convencidos, esforzados, idóneos, y
solidarios como los diez pilotos de la Misión.
El país es de por sí, tan sólido y rendidor como lo fueron aquéllos
autos.
Buenos
Aires, 27 de agosto de 2004
FUENTE:
MUNDO AMATEUR
INFORMACION DEPORTIVA: 30 Agosto 2004